domingo, 23 de enero de 2011

Hacia el silencio

1
La palabra, todas las palabras, se han fundido en el fuego. Descanso apenas frente a la chimenea, avivo sus rescoldos, duermo en la oscura ladera de los versos, de la estación del frío en que me adentro. Una manta de viaje es suficiente para emprender camino más allá de mi ausencia. Si alguien quiere, que venga silencioso tras mis pasos. Nunca dos serán más que uno solo.


2
Cuerpos tan vírgenes, cuerpos inmaculados que se traban. Eso era ayer, detrás de las pirámides. Tanta virginidad hizo correr la sangre, las letras indelebles de la piedra se tiñeron de rojo. Se hizo la sangre dueña del silencio y nací sin pecado. Hoy ya no soy ni virgen ni inocente. Ni tan siquiera
soy: hoy ya no es hoy, no existe hoy sin mañana.

3
Me fui desencarnando poco a poco, a fuego lento, frente a la ventana. Mi carne fue alimento de alimañas al cabo de la tarde. Sólo mi piel cubrió la desnudez de mis entrañas, pero mi piel también se cuarteó o me la arranqué a tiras, no me acuerdo. Algo aprendí: desnudo soy la esencia de esa nada en la que viví apenas.


4
No quisiera enseñarme ínfimo, desdichado. Rechazo las limosnas y los besos. Haber envejecido no significa más que ser más viejo, si es que eso de la edad tiene sentido cuando todos estamos abocados de forma inexorable a morir sin aviso. Por lo demás, aparte de oxidado, soy muy rico en potasio y en la cama. Y el musgo de mis párpados se esponja a la sombra del tálamo.

5
Es un páramo el mundo, vivir no es necesario salvo que hayas nacido. Nacer no es necesario para nadie salvo para la especie que llamamos humana. Hoy me pregunto si necesariamente soy un hombre del todo. Y no encuentro respuesta, me miro en el espejo y veo un mono. Tal vez un escorpión o una serpiente: algo lejanamente parecido a K.

6
Hablaré de mí como quien habla de lo que no sabe, escribiré de mí como si fuera cánula o vidriera, como si camposanto o en barbecho. El campo de batalla sembrado de cadáveres da fe de que la guerra continúa. Pero hablaré de mí con todos los respetos que se merece alguien tan sabido que no hay por qué matarlo. He dicho.


7
Pido solemnemente a las palabras que me dejen en paz, que me escriban en paz, que se vayan en paz a sus cuarteles. Pido solemnemente a las palabras que cuando ya no esté sigan diciendo lo que yo nunca dije: ellas lo hicieron todo, aunque me dieron guerra. Pido solemnemente un armisticio y a la vez un porqué.


8
Me he descubierto comiendo carne humana y me ha gustado, aunque yo soy más bien vegetariano. Será que el hombre ―o la mujer― son carne de cañón: a saber qué contienen esas vísceras húmedas. Ahora soy ouroboro y me como a mí mismo. Quedo poco.

9
Voy a comerme una naranja. La pelo. Las mondas caen por la ventana y se desparraman allá abajo. Me veo cayendo en silencio, sin que nadie se entere. Me veo flotando en el vacío, estrellado en la grija con un plaf desolado. Hinco mis dientes: el agrio salpica mi pecho, moja mi camisa, me pringa las manos. Sigo viviendo, no debo ser naranja.

10
Hay un fulgor secreto, mirad bien lo que os digo, un resplandor recóndito en este corazón que late y late sin quererlo. Hay una claridad que ilumina las calles más oscuras, los ventanales sucios que mira de reojo por si acaso encontrara lo apacible tras el muro siniestro. No hay farolas que alumbren lo que alumbra un corazón en vilo.


11
Una muerte, una muerte tan sólo. No pido más que morirme una vez, no digo de una vez, no es el momento. Esto de estar muriendo muchas muertes es verdaderamente pernicioso. Y tan sólo una muerte también quiero para quien me acompaña, morir juntos del todo, como vivimos juntos en éxtasis sin lacra o en infierno sin llamas. Esta vida no pide moribundos alternos.


12
Me quedo con la nada sobre el todo. Todo no es nada. Me quedo con la luz clavada entre las cejas, con el dolor del pie que no me deja andar, con tu mirada fija en la sombra ulcerada de mi espalda, con esa cruz de hierro que atraviesa los lunes mis costillas. Abandoné mis bártulos ayer de madrugada y me hundí en el olvido. Pero nada y jamás.

13
Ayer me desleí como un azucarillo en aguardiente. De golpe se esfumaron de mi mente metros de estantería, ni una sola novela, ni un relato, ni un verso ni una letra: todo se diluyó en un decir amén. He desleído todas las palabras y con ellas yo mismo me he disuelto. Mis partes blandas se sienten ahora huérfanas.


14
He salido a la calle. Una suave llovizna, mortecina, oscurece los árboles. No hay niños en el parque. Comienzan a encenderse las farolas. Los pocos transeúntes caminan cabizbajos. A ratos una ráfaga de viento me aclara las ideas. No sé qué voy a hacer, tal vez me acerque al viejo cementerio, a las tumbas más próximas. Tal vez te recupere sin que broten las lágrimas. Ya estoy en el silencio.

Serie de Jose Zuñiga publicada entre el 13 y el 23 de enero de 2011.

2 comentarios:

Jose Zúñiga dijo...

Muchas gracias por hacer esta presentación unitaria de los fragmentos. Así, com te decía en mi respuesta a tu comenterio, ganan sentido.
Te hablaba tambié de metapoesía; no sé, tal vez sea más bien una aproximación o una reflexión sobre el metalenguaje. Pamplinas en cualquier caso. Como dice un manifiesto metapoético que acabo de leer, "no puede haber metapoesía si no hay
poesía primero, es decir, si las cuestiones reflexivas
no están emocionalmente interiorizadas, si no
responden a una problemática personal". Pues decirte que lo que escribí responde a una problemática personal, sin duda.
Abrazo

Rafael Arenas García dijo...

Me gusta tu reflexión. Sabes que me atrae la metapoesía y no había reparado en ello; pero sí, incluso la metapoesía tiene que responder a un sentimiento, o vincularse con un sentimiento. Hay que darle más vueltas.
Y desde luego tu serie es extraordinaria. Ya me gustó mucho el primer fragmento que pille antes de tiempo gracias al Reader y has conseguido completarla de una forma coherente. Creo que tiene mucho mérito y transmite mucho; es muy bueno, en definitiva.
Un abrazo.